Pedro Armengol

San Pedro Armengol, there is still hope.

A este niño un patíbulo ha de hacerle santo.” De tal concreción fue la profecía que hizo el venerable sacerdote padre Bernardo Corbera cuando visitó a Pedro Armengol de recién nacido, pues tenía una estrecha relación con sus padres, un matrimonio muy piadoso de La Guardia dels Prats, en la región de Tarragona. Era la década de 1230 y la familia Armengol estaba muy bien posicionada económicamente: Arnoldo, el padre de Pedro, era un terrateniente y se dedicaba a gestionar sus haciendas la mayor parte del tiempo, excepto cuando era llamado por el rey y se unía al ejército, como alto cargo, durante alguna campaña importante; su madre enseñaba a Pedro y a sus hermanos en casa, pues era una mujer educada, y les inculcaba el catecismo durante horas sin fin.

Pedro Armengol, por ser el hermano mayor, recibió la educación más minuciosa con el objetivo de que algún día pudiera hacerse cargo del extenso patrimonio familiar. Pero cuando sólo tenía ocho años su madre murió casi por sorpresa, de alguna fulminante y oscura enfermedad medieval. Su padre Arnoldo no supo sobreponerse al trauma de perder a su mujer, y se refugió en sus negocios y en el ejército, abandonando completamente a sus hijos, tanto en lo educativo como en lo afectivo. Por esto, Pedro se fue poco a poco tornando en un adolescente muy problemático, cambiando su casa por la calle, a sus hermanos por delincuentes juveniles y prostitutas, el catecismo por la espada.

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Nicolás de Flüe

San Nicolás de Flüe (AKA Brüder Klaus): no es su mejor foto.

Nicolás de Flüe (también conocido como Brüder Klaus, o Hermano Nicolás) es el santo patrón de Suiza. En las proximidades de Flüeli-Ranft, en el cantón de Onwalden de la suiza germanófona, nació y murió Nicolás en 1417 y 1487 respectivamente. Se dice de él que es precusor de la famosa/infame neutralidad suiza, y aunque esto no parece tan claro echando un vistazo a su vida, lo que sí es seguro es que ésta estuvo repleta de emociones fuertes, contradiciendo así el tópico de que los suizos son aburridos.

Siendo Nicolás de Flüe muy pequeño, su madre lo condenó a una vida de entrega desmedida a la oración cuando lo apuntó a la asociación (todavía existente en Suiza) “los amigos de Dios”, que por aquella época promovía una desconexión casi total de los asuntos mundanos para ocuparse la mayor parte del tiempo a la oración y a la reflexión sobre la muerte y resurrección de Cristo. El niño, en una edad muy susceptible, se había convertido en un cristiano fanático antes de alcanzar la pubertad. A los quince años se alistó en el ejército suizo, que luchaba encarnizadamente contra el cantón de Zúrich, que se había proclamado contra la Confederación Helvética y pretendía declararse independiente. Nicolás luchaba con la espada en una mano y el rosario en la otra y con una furia inaudita, que creía insuflada en él por Dios, y fue recolectando méritos y distinciones por su importante papel en las victorias contra los zuriqueses. A los veinticinco años ya era capitán.

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Juliana de Nicomedia

Santa Juliana de Nicomedia, peluquería extrema.

En la ciudad turca de Nicomedia, que ya hemos visitado en alguna otra ocasión, vivía a finales del Siglo III Juliana, una adolescente de belleza discreta e infalible elocuencia. De niña, Juliana había escuchado a un enardecido predicador en una calle de su ciudad, e inmediatamente había decidido convertirse al cristianismo. Con solo 12 años se hizo bautizar en esta nueva fe, y a los 14 decidió que se entregaría a Cristo en cuerpo y alma, desechando por completo la idea del matrimonio (una forma de profesar la religión relativamente común en esta época, antes de que se oficializaran los conceptos de monja y fraile). La madre de Juliana era agnóstica, y su padre era un gran defensor de la religión politeísta romana, por lo que todos los avances de la joven en el campo del cristianismo eran en absoluto secreto, compartidos tan solo entre Juliana y Jesucristo.

Juliana tiene ahora 16 años y su plan de seguir casada solo con Jesús está a punto de encontrarse con un obstáculo importante. El joven político Eleusio fijó sus ojos en la joven, y le pidió permiso a su padre para pedirla en matrimonio. El padre, que vivía a la sombra de las glorias pasadas de la familia (familia que no pasaba por su mejor momento, ni en lo social ni en lo económico) vio una oportunidad de oro en esta boda de reconectar su linaje con los más ricos y poderosos de la región de Bitinia, y accedió sin dudarlo. Juliana se vio entre la espada y la pared, decidida a no casarse con Eleusio pero sin desvelar por el camino que era, en secreto, una fervorosa cristiana.

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Conversión de Pablo de Tarso

San Pablo de Tarso, y su caballo de extrañas proporciones, frente a una visión bastante alucinante.

Pablo/Saulo de Tarso es un santo tan importante que, en varias ocasiones a lo largo del año, se festejan distintos highlights de su vida: hoy 25 de enero, su muy notable conversión al cristianismo; el 10 de febrero, su naufragio en las islas de Malta; el 29 de junio, su asesinato junto a San Pedro; y el 18 de noviembre, la dedicación a su memoria de una de las primeras basílicas cristianas de Roma. Es considerado uno de los padres del cristianismo, y aunque toda su vida está documentada al detalle (entre los Hechos de los Apóstoles, las varias epístolas de su autoría que hay en el Nuevo Testamento y muchos documentos oficiales de la época), hoy nos centramos en la primera parte de la misma, probablemente la que a él más le sonrojaría recordar. En próximos episodios visitaremos el momento de su muerte, un relato clásico y sangriento al más puro estilo ‘Mártires y Santos’.

Saulo nació en Tarso, Turquía, alrededor del año 10 después de Cristo. La ciudad de Tarso era en la época un vergel para la cultura y el comercio, aprovechándose de su privilegiada situación, en todo el medio de la ruta comercial entre Anatolia y Damasco. Como casi todos los jóvenes de la zona, Saulo tenía dos nombres: el primero, un “praenomen” en griego (pues era éste el idioma que se hababa en la zona), Saulo, que significaba “llamado” o “invocado”; en segundo lugar, un “cognomen” latino, que su familia decidió (sin darle muchas vueltas al asunto) que fuese Paulus, por su parecido con el primer nombre. Sin embargo, este Paulus/Pablo significa “pequeño” o “insignificante” en latín, aunque eso sus padres no lo sabían. Así es que desde el principio de los tiempos Saulo fue con dos nombres por la vida, y no se rebautizó como Pablo tras su conversión, como la leyenda no se cansa de repetir. Los Hechos de los Apóstoles se refieren a San Pablo como “Saulo el llamado Pablo” o como “el apóstol”, esto último un gran mérito si tenemos en cuenta que Pablo no fue uno de los apóstoles y ni siquiera conoció a Jesús en persona.

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Remigio de Reims

San Remigio de Reims se encuentra el premio gordo en un huevo Kinder XXL.

El 25 de diciembre del año 500, Remigio de Reims hizo historia al bautizar al primer rey de Francia que se convertía al catolicismo. Clodoveo I, rey de los francos, se había casado diez años antes con Clotilde (la futura santa Clotilde, y que antes de ser reina había tenido que escapar de una familia donde era la única en defender las ideas cristianas tradicionales frente al arrianismo), y esta le había insistido desde antes del matrimonio con que se convirtiese a la fe en Cristo. Clodoveo, criado en una familia de religión romana y más bien tirando a agnóstico, pasaba total de convertirse, pero cuando se vio superado en proporción tres a uno antes de una batalla contra el pueblo de los alamanes (germen del futuro imperio germánico), decidió probar suerte y encomendarse a Jesucristo antes de salir a luchar. Sorprendentemente, no solo Clodoveo y la mayoría de sus soldados salieron vivos de allí sino que también ganaron la crucial batalla. Al volver a casa, el rey Clodoveo I decidió que había llegado el momento de abrazar el cristianismo.

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Esteban protomártir

San Esteban protomártir, sí sí, tú reza lo que sepas.

El cráneo de San Esteban, abierto como un melón y desparramando sangre y sesos por aquel descampado a las afueras de Jerusalén, estaba haciendo historia: su muerte, acontecida a finales del año 35 de nuestra era, fue el primer martirio de la historia de la cristiandad. Además de ostentar este honor (por el que recibe el sobrenombre de “protomártir”), Esteban es uno de los pocos santos que aparecen en el Nuevo Testamento (¡y diciendo un montón de frases!) que no trató a Jesucristo en persona.

Retrocedamos en el tiempo al año 33, unos meses después de la muerte de Jesús. Los 11 apóstoles y otros discípulos de Cristo están sobrepasados por el inesperado interés que ha generado su radical nueva propuesta religiosa, y no dan abasto para cubrir todo el trabajo de predicación que les va surgiendo por Palestina. De momento, y a falta de una clasificación mejor, los cristianos son considerados aún como una secta del judaísmo, religión imperante en la zona, ya que abrazan toda la historia de la misma “solo” difiriendo en la consideración divina de Jesús.

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Nicolás de Bari

San Nicolás de Bari, FREE CANDY.

San Nicolás es de Myra o de Bari según donde preguntes: la mayor parte de su vida pública transcurrió en la primera ciudad, en la actual Turquía, y allí fue enterrado originalmente; pero cuando el Islam conquistó Anatolia (en el Siglo VII) sus huesos fueron trasladados hasta la ciudad del sur de Italia, donde todavía hoy reposan. Con la festividad de San Nicolás (Sinterklaas, Sankt Nikolaus, Santa Klaus) comienza oficialmente, en muchos países, ese desparrame que suelen ser las fiestas navideñas. La leyenda que envuelve su vida, surrealista y psicodélica, está a la altura de esta desmesurada época del año.

El pequeño Nicolás (no entiendo de qué os reís) había nacido en Patara, en la región turca de Licia, alrededor del año 270. De sus padres recibió una férrea educación cristiana, y de su tío sacerdote la “idea” de ordenarse él mismo. A los dieciocho años tomó los hábitos y, cuando pocos años después sus padres murieron en un corto espacio de tiempo, él decidió vender sus numerosas posesiones y repartirlo todo entre los más pobres de Patara. Con un poco de dinero que apartó para él, el joven sacerdote cumplió su sueño de infancia y viajó a Tierra Santa, donde recorrió interminables kilómetros a pie y besó el suelo que muchos años antes había pisado Jesús.

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